Elecciones 2021: la Constitución Nacional o el ‘vamos por todo’

Nota de opinión escrita por Emiliano Balbín Diputado provincial de Juntos por el Cambio



La Argentina ha sufrido, en los últimos años, un lento deterioro institucional, que tiene mucho que ver con la manera de gobernar de las sucesivas administraciones populistas, amén de que las continuas crisis económicas también puedan haber influído.


Luego de años de inestabilidad política logramos, a partir de 1983, consolidar la democracia, poniendo en agenda la importancia del respeto por las instituciones. Que esto se traduce siempre en mejor democracia, en mayores libertades, en el pleno cumplimiento de las garantías individuales.


Está claro que en la medida en que la democracia se transformó en una idea cotidiana, otros reclamos civiles y sociales fueron ganando terreno en la agenda pública, y se transformaron en los ejes discursivos de la clase dirigente. Inflación, pobreza, inseguridad, son algunos de los problemas marcados a fuego en el debe de los últimos gobiernos.


Quienes nos formamos en la tradición de los valores republicanos, como en el caso de la Unión Cívica Radical, estamos convencidos de que este es el único camino que tiene un Estado para avanzar en la consecución de la libertad y la igualdad, sin perder en el camino el sentido de la justicia y la equidad.


Muchas veces hemos quedado, como se dice en la calle, hablándole al viento. El discurso populista es muy tentador para el presente, pero es un atajo mentiroso, que lo único que hace es hipotecar el futuro.


Los últimos gobiernos sólo se concentraron en atender las urgencias, poniendo en agenda temas quizás acuciantes para la población en el momento, pero excluyendo aquellos que son intangibles, y que resultan ser, a la larga, los más importantes y esenciales para nuestras vidas.


La inflación, la inseguridad, los aumentos de precio, nos impactan en lo cotidiano, directamente. La división de poderes, el respeto por las minorías, la independencia de la justicia, son cuestiones intangibles, que quizás no nos afecten en nuestro día a día, pero que en el tiempo son esenciales para nuestro desarrollo personal, como sujetos de derecho, y sobre todo, para nuestros hijos.


Los gobiernos populistas se enfocan en los árboles, que finalmente no nos dejan ver el bosque. Porque el fin en sí mismo de esos gobiernos, es mantenerse en el poder, y no pensar en el progreso de la Nación.


Por suerte los radicales tenemos espejos en los que poder mirarnos cuando los tiempos se ponen difíciles. Y cuando el camino se confunde, en nuestra historia está la señal que nos indica por donde seguir.


Este 7 de Julio se cumplen 58 años de la victoria electoral del Dr. Arturo Illia, quien fue Presidente desde 1963 hasta 1966, cuando fue derrocado por la autodenominada pomposamente Revolución Argentina, que no fue más que otro de los tantos golpes militares del siglo XX.


El Gobierno del Dr. Illia fue un ejemplo de cómo se puede gobernar, en un contexto más que complicado, sin perder la esencia democrática, y al mismo tiempo atender los problemas más urgentes de la sociedad. Este médico lúcido y honrado, logró estándares de políticas públicas en desarrollo y en educación, que aún hoy nos parecen inalcanzables, y todo en medio de una tremenda campaña de desprestigio social y presiones militares.


Durante ese gobierno de un Presidente radical, la autoridad partidaria era del Dr. Ricardo Balbín, quien, como él mismo recordaba en una entrevista televisiva, “como en el radicalismo nunca confundimos partido con gobierno, siendo presidente de la UCR durante el gobierno de Illia, fui muy pocas veces a la Casa de Gobierno. El defecto está en confundir el movimiento con el gobierno, porque se desarticula el movimiento y se deteriora el gobierno”.


Y el Dr. Balbín definía en la misma entrevista la posición principista que históricamente nos ha impulsado a los radicales. Parafraseando a Yrigoyen, definía que “el Gobierno es un medio para cumplir con un programa político, pero no es un fin en sí mismo. El fin son los principios, y los principios se defienden en cualquier instancia. Por eso el radicalismo busca el poder, para poder desarrollar su programa político. Pero si no lo alcanza, igual lucha por sus principios”.


A más de 130 años de la fundación del radicalismo, es evidente que la llama que lo impulsó está más viva que nunca, y las luchas por las que nació, siguen estando ahí. En pocos meses enfrentaremos una nueva elección, y las alternativas siguen siendo entre un espacio profundamente respetuoso de la república y de los valores republicanos, como los es Juntos por el Cambio, y otro que sólo busca mantenerse en el poder, no para transformar al país, sino por el poder en sí mismo.


Lamentablemente, desde Menem para acá, las diferentes administraciones populistas han considerado al Estado, al Gobierno, y al Partido, como la misma cosa. Han cooptado a la Justicia, y han utilizado sistemáticamente los recursos del Estado en beneficio partidario.


La última muestra de ello, y la más escandalosa y vil, fue la campaña de vacunación contra el COVID 19 en la provincia de Buenos Aires. El gobernador Axel Kicillof decidió dejar de lado los vacunatorios oficiales, que están equipados y preparados para ello, y montó una red nueva de vacunatorios, poniéndola en manos de una agrupación interna del partido de gobierno, como lo es La Cámpora.


Porque el arbitrio y la discrecionalidad son los pilares de esta mala política, que deteriora las instituciones de la democracia, y que banaliza la simbología democrática, fruto de muchos años de luchas y de sangre.


El Estado representa nuestro estilo de vida, nuestra manera de vivir. Un Gobierno debe atender nuestras necesidades, pero siempre respetando ese ideal social. Será tarea de los partidos poner en discusión esos ideales. Los límites son muy claros.


Los argentinos hace muchos años decidimos vivir en democracia, respetando los derechos y las obligaciones del otro, con garantías claras inscriptas en nuestra constitución, y garantizando el acceso universal a la educación y la salud de todos los que quieran habitar nuestro suelo.


Por eso, si tenemos un Gobierno que no respeta las libertades individuales, que ataca a todo aquél que no piensa de la misma manera, que usa los recursos del Estado de manera discrecional, para castigar o disciplinar, se vuelve una necesidad vital que haya una oposición parlamentaria fuerte, que sea capaz de enfrentarse y ponerle límites a este intento autoritario.


Por eso estas elecciones que vienen son importantes, como todas, pero más aún en este contexto histórico, donde la crisis económica y la pandemia pusieron al descubierto la verdadera cara del gobierno de Alberto y Cristina Fernández. Al ‘vamos por todo’, impongámosle la Constitución Nacional.

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