La lección de Ricardo Balbín


Por Raúl Alfredo Galván ex Diputado y Senador Nacional por la Unión Cívica Radical


En 1981, el 9 de setiembre, fallecía en la ciudad de La Plata el Dr. Ricardo Balbín. Los que tuvimos el privilegio de conocerlo y acompañarlo le rendimos el merecido homenaje. Fuí su secretario en la Mesa del Comité Nacional que él presidía entre 1974 y el día de su muerte. También su humilde discípulo que aprendió de sus luchas y sacrificios, como testigo de sus últimos años. Disculpara el lector si hago alguna auto referencia a mi persona. La historia se la lee o se la vive. Yo la he vivido en parte de la síntesis que voy a decir en la evocación de un gran hombre.


Mirando su figura desde lejos, como se miran los montes, su vida ha sido de una ejemplar coherencia: abogado con notas brillantes a los 22 años, tuvo en los labios la copa de los goces y la dejó caer sonriente, y echó andar del brazo con los tristes y perseguidos; que se privó de sí, por darse. Luchó por su ideal, se enfrentó a las dictaduras con un coraje que hoy en día muchos quisieran tener, defendió al hombre en su integridad y libertad, sufrió la cárcel con estoicismo y nunca declinó su apasionada faena por la unión del pueblo argentino.


A los 18 años se afilió a la Unión Cívica Radical, su primera prueba de fuego fue contra la dictadura que en 1930 derrocó al Presidente Hipólito Yrigoyen, cuando la mayor parte de la dirección del radicalismo estaba en prisión en la lúgubre cárcel de Ushuaia. Fue la década infame del privilegio conservador, perseguidor y fraudulento. A los 27 años fue electo diputado provincial y en 1940, elegido nuevamente, renuncia a su banca denunciando el fraude.


En 1946 inicia su corta y vigorosa acción en el Parlamento . Fue presidente del famoso y aguerrido bloque de diputados nacionales, el “Bloque de los 44”. Enfrenta con ejemplar coraje civil al primer gobierno del General Perón. El 29 de setiembre de 1949 Balbín fue expulsado de la Cámara por desacato por un discurso que había pronunciado en una tribuna días antes contra el Presidente. Su último discurso, al dejar la banca, en una improvisación que conmueve sólo al leerla, dice al final: ”Señores diputados: oíganlo bien: echan a un hombre a la calle para vivir ustedes en libertad sin darse cuenta que yo seguiré siendo libre, mientras todos ustedes quedan presos e incapacitados para reaccionar. ¡Yo no tengo la culpa de mi lenguaje: a mí me lo enseñó la adversidad! Presidía la Cámara de Diputados Héctor J. Cámpora.



Después de la expulsión Balbín fue detenido. Le siguieron 14 procesos, conoció las cárceles de Rosario, San Nicolás y Olmos, en ésta última estuvo preso nueve meses. La libertad cuesta muy cara; es necesario o resignarse a vivir sin ella o decidirse a comprarla por su precio. Cargado de años Ricardo Balbín fue detenido dos veces por la dictadura iniciada en 1976. El 3 de junio de 1977 tuve el honor, y el deber, de firmar junto Balbín- como Secretario del Comité Nacional- un manifiesto en contra de la dictadura que nos costó otros dos procesos ante jueces de la Capital Federal, con la infamia del calabozo. Jueces serviles hay en todos los tiempos. Pero es ley que donde fue más cruel la tiranía sea luego más apreciada y lúcida la libertad.


Ricardo Balbín fue un orador extraordinario. A los oradores no los hacen las palabras de colores ni los sonidos de platería. Brillan por lo que hablan, pero valen más por lo que hacen: nacen de un gran dolor, de un gran peligro o de una gran infamia. Balbín siempre fue un hombre de paz. Pero los oradores, como los leones, duermen hasta que los despierta un enemigo digno de ellos. Cuando había que defender la libertad y la república, sobre todo en los tiempos de la tiranía, se agrandaba de súbito su oratoria como nubes de tormenta, y era todo brío, anatema, flagelo, profético, contundente, flameante! Lo montruoso y lo oceánico asomaban a cada punto de su elocuencia.



La dictadura franquista de Onganía disolvió los partidos políticos, eso no abatió al presidente del Comité Nacional y Balbín continúo su prédica en cada pueblo de nuestro país. La política es un apostolado. Debieran aprender de él aquellos que dirigen los partidos políticos, sobre todo el radicalismo, que creen que hacer política es usar Internet, aún antes de la pandemia. No estoy en contra del progreso, sí de su deshumanización. Con la política desapareció la tribuna. A algún muchacho le digo: no hay nada que alague tanto la imaginación del pueblo como las figuras, las metáforas, nada que cuadre más que su sentimiento como los movimientos de la pasión dichos en una tribuna. En la plaza pública- como cuando lo escuché a Balbín por primera vez en la Plaza 25 de Mayo de La Rioja-siendo estudiante, sentí que en nuestras almas entraba un vasto rumor de ideales entusiasmos, una cálida ráfaga de esencial patriotismo y una trascendente humanidad.


La historia de los años setenta está cargada de desencuentros y simbologías. A principios de la década su gran adversario, Juan Perón, volvió de su exilio. Ricardo Balbín, el prisionero de aquel que en un momento estuvo en la cumbre, lo espero en el llano, acortó distancias, olvidó agravios, le estrechó la mano , terminó con las antinomias y selló así la comprensión demorada entre los argentinos. Ambos ambicionaban un país pacificado, democrático y progresista. En marzo de 1973 pierde las elecciones con Héctor J. Cámpora. Cuando juró como Presidente, Balbín estuvo presente, yo lo acompañé. Meses más tarde compite con Perón en comicios libres, ganó el general, y Balbín dijo: ”el que gana gobierna, y el que pierde ayuda”. El país se desangraba por el enfrentamiento de las bandas de la extrema derecha y de la extrema izquierda peronistas, en disputa ideológica y de poder. Los viejos líderes quisieron pacificar la república; la historia no espera, Perón muere.”Un viejo adversario despide un amigo…”, fueron las palabras de Balbín frente al muerto ilustre. Tuve el privilegio de estar cerca cuando pronunció esas palabras, como diputado nacional. El día 16 de marzo de 1976 Balbín habla al país haciendo el último esfuerzo para defender la democracia que se desmoronaba. No lo escucharon. Todos sabemos lo que vino después. Esta es la lección que hoy necesita nuestro país. País que no está bien, que puede estar peor, y que debe llamar a la reflexión al actual Presidente para que a través del diálogo levantado saquemos todos adelante la república. Con todo respeto le diría al señor Presidente que la unión de los argentinos no depende de un virus sino de la comprensión y la tolerancia y que se aleje de aquellos que fomentan el odio, los “microclimas” como solía decir Balbin. ”Los odiadores debieran ser declarados traidores a la República. El odio no construye”(José Martí-Libertador de Cuba-1882)-Hágalo ahora, señor Presidente, porque el almanaque siempre registra hechos que suelen repetirse, y a veces es demasiado tarde.



Balbín fue de una vida austera. Mientras hacía política ejercía la profesión de abogado. Lo poco que tuvo lo hizo con su trabajo. Los hombres, como las mujeres, públicos, para su honra y la de su familia, como los caballos de raza, deben tener donde todo el mundo pudiera verlo, el abolengo de su fortuna.


En noviembre de 1980, pocos meses antes de morir, Balbín emprendió su última gira por el norte argentino: La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy. Me pidió que lo acompañara. Yo tenía una pregunta que me atemorizaba, por respeto, formularle, hasta que me animé: ”Doctor, es verdad que Perón quería compartir el gobierno con usted y que fuera su sucesor?”-“Sí – me respondió- no acepté…había que cuidar el Partido…”.

Esa fue su vida: ministerio apostólico por un ideal. Ese fue su destino: como ciudadano custodiar la república; como hombre servir modestamente a sus semejantes, andando con el deber en su alforja, por los caminos de la vida, como soldado humilde, todo brioso y honrado propósito: morir de la mano de la libertad, pobre y noblemente.

Estoy seguro, que en éste aniversario, algún radical en la ciudad de La Plata, venciendo las barreras de los peligros que acechan, colocarán una flor en su tumba. Que aquí en La Rioja, los que fueron sus amigos y correligionarios, y que siguen siendo fieles a los grandes muertos, nos queda el verde brote de la esperanza por todo lo que sembró Ricardo Balbín.


La Rioja, 1° de setiembre de 2020.

Raúl Alfredo Galván (ex Diputado y Senador Nacional por la Unión Cívica Radical).

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